Panda Raid ¡pedazo de aventura! (y parte II)

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Apasionante, motivadora… Así describiría mi experiencia en el Panda Raid, un rally amateur de larga distancia –y resistencia– que se celebra en Marruecos anualmente, donde numerosos equipos deciden desafiar “la suprema ley del sentido común” y lanzarse a una aventura a bordo de un viejo Panda o un Marbella. 

¿La compañía? La más grata, mi hijo que, si bien los “baches del camino” nos condujeron a alguna pequeña disputa, ha sido de lo más gratificante. No habría podido ir con otra persona.

Por Ángel González-Tablas Sastre

La aventura comenzó en CESVIMAP, desde donde partimos hacia Madrid. Los compañeros nos aconsejaban que disfrutásemos  de la experiencia ¡y vaya si lo hemos hecho!

En el Circuito del Jarama tuvieron lugar las verificaciones técnicas de los participantes.

Durante todo el día nos acompañó la lluvia (para refrescarnos frente a lo que iba a venir) hasta que, a las 16.00 h, sonó la salida oficial y comenzó la aventura. Lo primero, dar una vuelta de honor al circuito, una experiencia única.

Sin parar de llover, emprendimos  la marcha para recorrer los  480 km que nos separaban de  Motril. A mitad de camino, detectamos una importante entrada de agua en el habitáculo, circunstancia que nos obligó a parar para localizar el acceso, que no era otro que la entrada del  tubo del snorkel por el aireador que habíamos eliminado. Con paciencia –y la siempre milagrosa cinta  americana–minimizamos la entrada y aterrizamos ya de noche en Motril.

Segundo día: Embarcamos en el ferry destino Nador. Tras casi cinco horas de travesía, sin mareos, ya en tierras marroquíes, nos dirigimos al primer campamento situado en el lago Mohamed V. Sigue lloviendo, sigue lloviendo…

Durante la travesía conocimos que el material escolar que llevábamos a Marruecos (75 kg) ya no resultaba obligatorio. Y todo ese peso extra suponía un lastre importante en las prestaciones del vehículo… Así que sin dilación nos dirigimos al director del Panda Raid planteándoles qué hacíamos; la solución  fue dejar el material al responsable de intendencia, quien lo repartiría al día siguiente, mediante ONG, a la escuela asignada.

Una vez descargado el material, comenzamos la primera etapa. A la hora convenida estábamos ya en carrera. Sin embargo, a 500 m  de la salida,  el coche se paró.

Bajarse, dar vueltas a su alrededor, comprobaciones varias… ¿Qué te ocurre, Pandita?

Uno de los coches Bravo de la organización, vehículos de apoyo con mecánicos (cuya aparición se recibe como la de un ángel), lo comprobó, detectando un fallo en la recién estrenada bomba de gasolina. Tras desmontarla, limpiarla y volverla a montar, reanudamos la marcha, hasta que a unos 60 km, ya metidos en pistas en un paraje desértico y lloviendo se volvió a detener, con los mismos síntomas. Desmontamos y sustituimos esta pieza por la vieja bomba que, por suerte, llevábamos de repuesto. Tras 380 km alternado pistas y carreteras llegamos por fin al campamento, sufriendo nuestra primera penalización: sobrepaso del tiempo estipulado para la etapa, 10 horas con 30 minutos. Así que tampoco pudimos estar presentes en la entrega del material escolar para los niños de poblaciones rurales marroquíes.

Tras revisar el coche, detectamos la rotura de un fuelle de la transmisión. Llevamos el coche al camión taller, donde un plantel de mecánicos marroquíes puso un nuevo fuelle. Ya estaba el coche listo a la mañana siguiente.

La segunda etapa constaba de 184 km, para los que la organización establecía 9 horas de trayecto. Zonas variopintas, vadeo de ríos, caminos muy rotos, ríos secos donde aparecen  las primeras zonas de arena… Nos quedamos atascados un par de veces,  que solventamos, no sin cierta dificultad  y gracias a la ayuda de numerosos buenos samaritanos. Tras llegar al campamento, lo primero que hicimos fue examinar el coche, soplar los filtros, enderezar el cubre cárter, comprobar niveles… Parece que todo discurre en orden. Montamos la tienda y no fuimos a duchar, con agua caliente, por esta vez.

La tercera etapa era un poco más larga. 212 km que había que completar según la organización también en 9 horas. La etapa transcurrió sin aparente dificultad, hasta que llegamos a una pequeña aldea. Allí, miríadas de niños se abalanzaban sobre los coches, con el consiguiente peligro para ellos… Al final, y como consecuencia, de repente nos encontramos atascados en un arenal de unos 800 metros, rodeados de numerosos lugareños con peticiones de lo más variopintas.  Decidimos pagar para que nos sacasen del atasco y continuamos la marcha con cierto desencanto y nerviosismo. Así que nos volvimos a perder de la ruta hasta que gracias a mi copiloto Ramón, mi hijo, y a su interpretación del cuaderno de ruta conseguimos llegar al control ¡en sentido contrario!

Impresionante la llegada al campamento, con paisajes preciosos; la gran duna de Merzogua nos hizo sentir transportados por unos instantes a otro mundo.

Cuarta etapa, 244 km con 8 horas previstas. Pistas rápidas, zonas rotas, una trialera complicada que había que abordar con decisión,  mucha arena, mucho desierto… La combinación de pistas muy rápidas (¿nos caeremos en un agujero?) con preciosos parajes y montañas de arena componían la jornada.

La navegación fue trascendental este día al transcurrir por grandes espacios llenos de pistas alternativas –era fácil equivocarse–, pero lo solventamos sin problemas y sorprendentemente acabamos en el puesto número 10 en la clasificación de esta etapa. En ningún momento  nuestro objetivo fue tener un buen puesto en la clasificación ¡de ahí nuestra sorpresa!

Fatídica quinta etapa… Exultantes por la gloriosa etapa de la víspera acometimos muy animados  la jornada. Empezaban las zonas con mucha arena donde, si dudabas en la conducción, era fácil quedarse atascado. Subimos una duna con mucha arena y piedras semienterradas que posibilitaban pinchar. Al coronarla, comprobamos cómo varios participantes se habían quedado tirados…

Una pequeña explanada con un ligero descenso no dejaba ver lo que había después. Mi hijo me canta “izquierda ¡izquierda!” Giré, pero no lo suficiente, y nos “atrapa” un banco de  arena de generosas dimensiones. No pasa nada. Tiramos las planchas de acero al suelo para coger tracción, pala, gato para subir el coche, tratamos de sacarlo pero ¡zas! la transmisión del lado izquierdo no responde.

Otros solidarios participantes (el Panda Raid brilla por el apoyo entre todos) nos ofrecen un palier. No vale, al montar una caja de cambios de Volkswagen.

De la nada surgió un todoterreno marroquí, que nos ofrece sacarnos de allí remolcados al precio de 250 €. En plena negociación de la tarifa apareció un coche Bravo de la organización que nos ayuda para llevarnos a Zagora, a un taller de confianza de la organización. Así, fuimos remolcados por esas infernales pistas durante 140 km, a dos metros de distancia del todo terreno, entre una ingente cantidad de polvo que desprendía el coche conductor, piedras que saltaban, botes, traqueteo de la barra de arrastre, etc.

A medida que avanzábamos por la ruta otros participantes sufrían problemas similares, uniéndose a nuestra caravana de coches remolcados. Por fin llegamos a Zagora al taller “Sahara”, donde enseguida se pusieron manos a la obra. No tenían el recambio y, mientras fueron a buscarlo a otro taller, en la espera, nos vimos rodeados de lugareños que nos ofrecían té, visita a su tienda (“El Corte Ingles” de Zagora, como ellos mismos lo llamaban), intercambio de cosas, monedas, perfumes, etc. Gente muy amable, pero nosotros de bastante mal humor. Una vez reparado, emprendimos el camino hacia el campamento, llegando por fin tras 15 largas horas de etapa a la una de la madrugada.

El comedor ya estaba cerrado, pero pudimos al menos darnos una ducha.

Etapa final: Marrekech, 309 km, en su inmensa mayoría por asfalto, atravesando la cordillera del Atlas, larguísimos puertos con muchas curvas y bastante tráfico.

Cuando nos levantamos, vimos un gran charco de aceite en el suelo, procedente de la caja de cambios. Nos dirigimos al camión taller para pedir una reparación de emergencia –fisura en la caja de cambios–, y la consiguen reparar, parcialmente. Durante las paradas de la ruta vimos que seguía perdiendo valvulina, por lo que decidimos no realizar la etapa especial, aun cuando sólo fueran 25 km, para no “rompernos” definitivamente. Continuamos hacia el destino final y pasamos por el arco, nos retiraron la baliza de localización  y recibimos la medalla conmemorativa de haber completado la carrera.

Seis etapas recorridas en un Seat Marbella por parajes increíbles, noches oscuras y estrelladas, enormes dunas, fina arena… Nos han hecho olvidar los malos momentos para recordar los buenos, que fueron muchos. La experiencia  ha sido muy recomendable, no son precisos grandes conocimientos mecánicos y de pilotaje, pero sí estar dispuesto a sufrir, mucho, pero que mucho polvo, muchos baches, caminos muy rotos, echar mano de la pala, empujar y pasar calor.

¿Os animáis?